Guerra de sexos

Hemos quedado a comer. En la Marisquería del barrio, que ofrece terraza abierta para tranquilidad de los comensales.

Hay gente en las mesas, separadas por un espacio en el que los camareros se mueven apresuradamente. Alguno tiene problemas con su mascarilla, que, toda díscola ella, se niega a permanecer sobre su nariz.

Hay una niña repipi y un chaval ruidoso que son de dos mesas distintas, pero de la misma familia, persiguiéndose entre las sillas. Una madre engalanada dice con cansancio, “niños, sentaros”, y luego sigue hablando con el cuñado del panorama bursátil. O similar.

La niña está ganando. Se escabulle, se retuerce, hace quiebros, mientras el chaval trata de alcanzarla, centrado en su objetivo, ajeno al barullo y al vals de platos.

Y lo consigue, la agarra por la manga, empieza a dibujar una sonrisa de triunfo. Entonces ella, derrotada pero con el ego intacto, le espeta la palabra paralizante que va a anular toda su victoria:

– “Distancia!”

Y él, sin inmutarse, contesta:

– “Distancia tú!”

Canadá

En mi casa hubo un rifle.  En un determinado momento, mi padre, que debía estar en etapa de cambios, decidió irse a Canadá a cazar.  Estuvo tres semanas, creo, volvió con barba grisácea, un dedo roto, un rifle de caza que nunca más usó, e hizo venir por tierra y mar los cuernos del formidable alce que se había cargado.  Los cuernos siguen luciendo en la terraza, y a mí me impresionan, pues lo de cazar porque sí no lo comparto.

Una es una romántica de las de libro, y allí dónde aparezca un mohicano con un cuchillo manchado entre los dientes Continuar leyendo «Canadá»

«Solitudine»

Así, en italiano

La Unidad 1 se viste de calle, y si hace un tiempo lo importante era parecer francesita, ahora lo fundamental es taparse la cara, dejando a la vista los ojos, que son, después de todo, el reflejo del alma.   Así que con la cara camuflada pero el alma al viento, la unidad 1 abre la puerta y se lanza al mundo, a ver si el mundo le deja un hueco para que pueda hacer volar sus zapatillas sobre el asfalto y sentir que puede ir donde quiera y a su ritmo.  Bueno, dentro del Orden Kilométrico 1.  Que no está el horno para bollos.   Continuar leyendo ««Solitudine»»

Antes

Al acabar de cenar fuimos a tomar un algo, “Costello”, dijeron varios.  Fuimos andando desde la Cava Baja, dirección Caballero de Gracia.  David y Marcos discutían sobre el camino más corto.  Es que este mi barrio, decía uno, aquí he vivido muchos años.  Para probar que su trazado era el bueno, mencionaba la forma geométrica de la plaza de Tirso de Molina.  No dijo triangulo isósceles, pero una palabra similar, precisa y sabia.  El otro replicaba, pero yo también vivo aquí y por donde digo yo es más corto.  Entonces Marcos se marchó solo por su camino, para demostrarnos que tenía razón.  Nosotros seguimos a David, parando con frecuencia para recuperar a Adela y Rocío que no prestaban atención y se desviaban por cualquier esquina mientras hablaban de todo y nada. Llegamos al Costello antes que Marcos, que entró un poco mortificado.  El pincha del lugar ponía música funky de los ochenta; David bebía un daiquirí con despreocupación; Pablo me señaló a un joven que al parecer me había mirado; Adela bailaba; Raúl se dedicaba a jugar con el llavero de su coche.

Eso era antes.

Hoy hablamos por whatsapp.  

El buque

Hay un buque que da la vuelta al mundo una vez cada ciento cincuenta y cuatro años.  Ese barco, que debe de ser mágico, no tiene ningún rasgo particular y pasa desapercibido muy a menudo.  Y sin embargo corren rumores, se cuentan historias en alguna taberna oscura, a la luz de unas velas que se reflejan en los vasos de güisqui.   Se dice, pero quién lo cuenta no siempre es de fiar, se dice que los amantes que suben a ese barco no olvidan nunca ese viaje.  Que es un lugar donde las penas se borran y el tiempo no existe, que repara los males del cuerpo y las tribulaciones del espíritu.

Se dice también que el capitán que guía ese barco por los mares del mundo no habla nunca y sin embargo sus palabras quedan grabadas en el corazón de las gentes que dudan.

Se dice, siseando como en las iglesias, que las personas que se mecen en ese barco de madera quedan marcadas para siempre. Continuar leyendo «El buque»

Fuga

Acabo de salir a dejar la basura.  No tengo perro, pero como los cubos de la colonia están en sitios específicos, salir con las bolsas es un momento de libertad y locura.  En eso pensaba mientras enfilaba por la calle Valdelamasa, mientras sentía la lluvia primaveral y perezosa: que este paseo que hace un tiempo habría pasado desapercibido ahora me sabe a gloria.  Tenía ganas de cantar en voz alta, pero igual es poco recomendable, igual cantar es una provocación, interrumpiría demasiado esa gravedad que nos envuelve cuando salimos furtivamente de nuestros escondites.  Así que no he cantado.  La canción, Je t’aime moi non plus, se ha quedado en mi cabeza. Continuar leyendo «Fuga»

Cannes

Cannes, que es una ciudad de glamur y miseria, resulta amable si madrugas.  Es entonces cuando puedes ver escenas domésticas, de gente levantando los toldos de sus “food truck”, alisando la arena de la playa, preparando la “yoga class on the beach” o paseando al perro.  Hay ejecutivos que aprovechan para ponerse en forma, y corren con soltura, con músculos y con cascos mientras miran el mar.   Todo parece más amable, hasta que levantas un poco más la vista y ves un barco monstruoso de cruceros que amenaza con desembarcar.  Y en una esquina, una vieja con pelos locos y labios pintados de blanco te mira, y te preguntas si te acabas de cruzar con una parca que te ha dejado marchar por puro despiste. Continuar leyendo «Cannes»

La vie de bureau / Vida en la oficina (2)

El otro día tuve una conversación sobre la presa del Atazar, no recuerdo por qué; es una bonita presa que retiene aguas para la capital del reino.  Al parecer, cuando se construyó, un ministro ilustrado dijo obcecadamente que tenía que ser una presa bóveda.  Yo de presas no sé nada, pero los ingenieros que sí sabían palidecieron.  Semejante tipo de presa no se podía construir en el subsuelo de Madrid, no era la técnica adecuada y representaba un peligro grande.  Pero el ministro había hablado, y se hizo como dijo.  Alguien explicó que por eso es la presa más vigilada del mundo, con mediciones frecuentes e inspecciones detalladas, porqué si se rompe se inunda Madrid. 

A raíz de esto mi mente efervescente se disparó. Continuar leyendo «La vie de bureau / Vida en la oficina (2)»

Rue du Commerce, verano.

Anoche hice una foto de una ventana.  Estábamos en casa de mi prima.  Corría algo de brisa.  La gata Scarlett vigilaba nuestros movimientos llamando la atención con indolencia.  En el aseo, al lado de la taza, había dos libros:  una reflexión budista sobre el arte de comer y la genealogía de los reyes de Francia.  Y de la ventana abierta llegaban murmullos de conversaciones tranquilas, y músicas imperceptibles.