Canadá

En mi casa hubo un rifle.  En un determinado momento, mi padre, que debía estar en etapa de cambios, decidió irse a Canadá a cazar.  Estuvo tres semanas, creo, volvió con barba grisácea, un dedo roto, un rifle de caza que nunca más usó, e hizo venir por tierra y mar los cuernos del formidable alce que se había cargado.  Los cuernos siguen luciendo en la terraza, y a mí me impresionan, pues lo de cazar porque sí no lo comparto.

Una es una romántica de las de libro, y allí dónde aparezca un mohicano con un cuchillo manchado entre los dientes y arrastrando por las patas un ciervo para asarlo con romero, sal y miel en un fuego hecho con palillos, pues como que lo veo bien.  Nos comemos el ciervo, el resto lo ahumamos, en medio de los humos y el sopor de la digestión le unto de miel (al mohicano) y le doy las gracias comme il faut.  En esas condiciones, lo de cazar lo veo bien.

Pero lo otro, lo de perseguir a un animal y darle muerte, por deporte, por mucho que luego el trampero-guía lleve la carne al carnicero local para que haga brochetas… me cuesta más.

Fue la época en la que yo acababa el cole.  Mi padre por aquel entonces tuvo experiencias diversas.  Se fue a pescar al Caribe, peces hermosos y enormes con los que había que luchar con una caña frágil.  Luego se apuntó a seminarios en facultades americanas, y cuando volvía nos contaba lo cerrados que eran sus compañeros de campus, que trataban al español con un poco de distancia.  Eso ya me parecía más valiente, yo siempre fiel a mi idea de que, para animales, el hombre…

El rifle se quedó en casa largos años.  En la parte alta de un armario.  Cuando mi padre murió, mi madre se lo regaló a un amigo que de vez en cuando le traía perdices.  Me pareció bien.

Pero ahora que cuento estas cosas, y ahora que alcanzo su edad, pienso cuanto me habría gustado poder hablar con mi padre de su necesidad de huir de vez en cuando.  Quién sabe qué pensamientos y batallas se librarían en su interior.  Creo que nos habríamos entendido.

3 opiniones en “Canadá”

  1. «Creo que nos habríamos entendido». Es una conclusión maravillosa, porque parece que, aunque diese miedo, lo que buscabas en tu padre no era un padre — que ese ya lo tenías — sino un amigo. O más bien, conocer quién era. Me gusta más esta segunda opción, sí.
    Me ha encantado.

  2. Me encanta este trozo de vida contado con mucha gracia, pero sobre todo por apuntar la verdad: el escape de la rutina, la curiosidad de descubrir nuevos mundos, nuevas emociones. El héroe de la historia era un hombre apasionado con la vida. Maravilloso y emocionante a la vez!

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