En mi casa hubo un rifle. En un determinado momento, mi padre, que debía estar en etapa de cambios, decidió irse a Canadá a cazar. Estuvo tres semanas, creo, volvió con barba grisácea, un dedo roto, un rifle de caza que nunca más usó, e hizo venir por tierra y mar los cuernos del formidable alce que se había cargado. Los cuernos siguen luciendo en la terraza, y a mí me impresionan, pues lo de cazar porque sí no lo comparto.
Una es una romántica de las de libro, y allí dónde aparezca un mohicano con un cuchillo manchado entre los dientes Continuar leyendo «Canadá»