Cannes, que es una ciudad de glamur y miseria, resulta amable si madrugas. Es entonces cuando puedes ver escenas domésticas, de gente levantando los toldos de sus “food truck”, alisando la arena de la playa, preparando la “yoga class on the beach” o paseando al perro. Hay ejecutivos que aprovechan para ponerse en forma, y corren con soltura, con músculos y con cascos mientras miran el mar. Todo parece más amable, hasta que levantas un poco más la vista y ves un barco monstruoso de cruceros que amenaza con desembarcar. Y en una esquina, una vieja con pelos locos y labios pintados de blanco te mira, y te preguntas si te acabas de cruzar con una parca que te ha dejado marchar por puro despiste.
El resto del día, Cannes es un frenesí de congresistas que van con prisas a alguna cita importante, y la ciudad les cede el paseo marítimo para ver si así dejan más dinero.
El dueño de mi hotelito es un suizo que se llama Fritz y lleva calcetín de compresión en una pierna. Fritz tiene ojos claros bondadosos y un bigote muy teñido. Te cuenta sin pudor el accidente que le dejado con una cojera incompatible con la geografía de su hotel, pura escalera a la que asoman cuartos decentes con colchas extravagantes. Así que está pensando en vender la casa, muy bien situada frente al Palacio de Congresos, y por un momento piensas si no es ese tu destino, escapar de la bruja para acabar regentando un hotel que reciba todos los años a los mismos congresistas. Si he conseguido habitación aquí es porqué uno de los habituales se ha jubilado. Y mientras me tomo una ensalada de frutas muy germánica, pienso en Jacques Tati.
2019

