Guerra de sexos

Hemos quedado a comer. En la Marisquería del barrio, que ofrece terraza abierta para tranquilidad de los comensales.

Hay gente en las mesas, separadas por un espacio en el que los camareros se mueven apresuradamente. Alguno tiene problemas con su mascarilla, que, toda díscola ella, se niega a permanecer sobre su nariz.

Hay una niña repipi y un chaval ruidoso que son de dos mesas distintas, pero de la misma familia, persiguiéndose entre las sillas. Una madre engalanada dice con cansancio, “niños, sentaros”, y luego sigue hablando con el cuñado del panorama bursátil. O similar.

La niña está ganando. Se escabulle, se retuerce, hace quiebros, mientras el chaval trata de alcanzarla, centrado en su objetivo, ajeno al barullo y al vals de platos.

Y lo consigue, la agarra por la manga, empieza a dibujar una sonrisa de triunfo. Entonces ella, derrotada pero con el ego intacto, le espeta la palabra paralizante que va a anular toda su victoria:

– “Distancia!”

Y él, sin inmutarse, contesta:

– “Distancia tú!”

«Solitudine»

Así, en italiano

La Unidad 1 se viste de calle, y si hace un tiempo lo importante era parecer francesita, ahora lo fundamental es taparse la cara, dejando a la vista los ojos, que son, después de todo, el reflejo del alma.   Así que con la cara camuflada pero el alma al viento, la unidad 1 abre la puerta y se lanza al mundo, a ver si el mundo le deja un hueco para que pueda hacer volar sus zapatillas sobre el asfalto y sentir que puede ir donde quiera y a su ritmo.  Bueno, dentro del Orden Kilométrico 1.  Que no está el horno para bollos.   Continuar leyendo ««Solitudine»»