La tormenta

En una noche de tormenta oscura, un caballero que huía del huracán y se encontraba perdido en un bosque divisó una luz en la lejanía.  Se acercó como pudo, luchando frente al viento que le arrancaba el sombrero y le empujaba contra los árboles, luchando contra el miedo que le agarraba las costillas y le hacía perder el aliento.  Y al acercarse se dio cuenta de que aquella luz iluminaba una puerta de madera que golpeó con desesperación, sin parar, como si con los golpes pudiera evitar que el viento le diera sacudidas heladas que le hacían temer por su salud ya no sólo física sino mental. 

«Maldito Ostroni», chilló.

Y en ese instante en el que el viento parecía que iba a llevárselo a los infiernos, se abrió la puerta y apareció una mujer sosteniendo una vela.  Le miró y en un solo instante comprendió todo, los vientos y la huida, el miedo y la rabia, el frio y el hambre.   Entonces levantó una mano y dijo con calma: «Vamos a ver, Ostroni, desvíate a Oregón, tierra de ladrones de ganado y embaucadores de serpientes, que allí encontrarás tu destino.»

Y el huracán se calmó, desapareció por la esquina y no se le volvió a ver.

«Y tú, caballero que andas perdido, entra, que te vas a resfriar».

Y el caballero entró, cerró la puerta, suspiró y tomó aire.

Luego siguió a la mujer, que le guió por pasillos y escaleras, girando a veces a la izquierda, otras a la derecha, en un paseo que a pesar de ser largo se le hizo liviano, subiendo peldaños y volviendo a girar tras aquella silueta que caminaba con soltura y resolución. Por fin entraron en una estancia iluminada con luces suaves en la que había otros seres que le saludaron con amabilidad.  Él, de súbito, comprendió que ellos también habían encontrado consuelo en aquella casa.  En una esquina, de hecho, había un hombre que murmuraba músicas mudas, coreografiando en el aire bailes de esperanza y de colores.

Y entonces se giró y le preguntó a la mujer, 

«¿Y quién eres tú?»

Y ella contestó, riendo, 

«Me llaman Rocío».

Entonces se hizo de día.

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