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Fuga

Acabo de salir a dejar la basura.  No tengo perro, pero como los cubos de la colonia están en sitios específicos, salir con las bolsas es un momento de libertad y locura.  En eso pensaba mientras enfilaba por la calle Valdelamasa, mientras sentía la lluvia primaveral y perezosa: que este paseo que hace un tiempo habría pasado desapercibido ahora me sabe a gloria.  Tenía ganas de cantar en voz alta, pero igual es poco recomendable, igual cantar es una provocación, interrumpiría demasiado esa gravedad que nos envuelve cuando salimos furtivamente de nuestros escondites.  Así que no he cantado.  La canción, Je t’aime moi non plus, se ha quedado en mi cabeza.

Es la hora en la que, en las casas, las luces iluminan las cocinas.   He pasado delante de la casa de los H.… y allí la bombilla brillaba fuerte, seguro que estaban cocinando un plato de materias primas exquisitas.  Hola, amigos, he dicho, pero en voz muda, hola.   Al fondo de la calle ha aparecido un peligro en forma de señora atada a un caniche, que vigilaba cómo su augusto esposo (o similar) depositaba la basura.  Nos hemos cruzado, pegados cada uno a la pared opuesta, he dicho, buenas tardes, pero igual eso también es arriesgado, abrir la boca en general no estaba bien visto por mi bisabuela y ahora ya entiendo porqué.

He vuelto hacia casa caminando por la mitad de la calle. Ya cerca de la puerta se han encendido las farolas.  Y la glicinia ha puesto orden en sus flores, todas apuntan a la luna.

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